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martes, 17 de marzo de 2015

Daniela Meza y su cueca La Pecadora: Una declaración de desobediencia femenina

Daniela Meza, actriz, cantora y compositora de cuecas chilenas
Foto: Ana María Fuentes
“Esta cueca nace en el tiempo en que Claudia (Ortiz) y yo estábamos decidiendo el nombre del grupo. El pecado tiene que ver con la desobediencia y queríamos dar ese mensaje contra la discriminación femenina en todos sus sentidos: económico, político, moral, ético, social, etc. No recuerdo mucho como fue en detalle, pero sí que la letra me salió de una, prácticamente la escupí. Quise transmitir eso de que “yo soy así y al que le guste, bien, y si no, que se dé la media vuelta, no me importa”, que “morderé la manzana igual, gústele a quién le guste”. Es una declaración de nuestra parada como grupo.

Yo vengo de una familia de puras mujeres, puras madres solteras o con sus segundos matrimonios, pero todas mujeres que han tenido que salir adelante solas. Entonces difícilmente puedo distanciarme del feminismo, porque las mujeres de mi familia no solo tenían que luchar solas, sino además enfrentar las discriminaciones evidentes y no tan evidentes. Básicamente, el feminismo es la igualdad de derechos entre mujeres y hombres.  No es que crea que las mujeres son mejores que los hombres. De hecho, ser feminista es también defender los derechos del hombre que tiene una cantidad de responsabilidades enormes. Lo que se defiende es la igualdad. Yo sí recuerdo haber sufrido discriminación por ser mujer y ser tratada de manera desigual. Mucho tiempo antes de Las Pecadoras, participé en un grupo folclórico que tenía como director a un viejo que no me pescaba ni en bajada. Yo opinaba algo y no me consideraba. Pero Chano (González, guitarrista de Las Pecadoras) repetía lo que yo decía y le respondía “sí, eso sí.” Tanta era la rabia que decidí irme porque no estaba dispuesta a aguantar viejos machistas de mierda. Esa es la parada de desobediencia de Pecadora.

Cuando nos iniciamos como grupo en las cuecas, no diría que lo que sentí de los cuequeros haya sido discriminación pero sí percibí actitudes despectivas. Si bien la gente que asistía a los carretes a bailar y a pasarlo bien nos transmitía pura buena onda, sentía una nivel de crítica mayor de parte de algunos músicos y cantores. Admito que en varias cuecas cometí errores estructurales en su composición, pero bueno, yo soy un tanto impulsiva e hice, luego aprendí más y mejor. No te puedo decir con nombre y apellido, pero sí fue mi sensación y por algo fue. Pero, por otra parte, me tranquilizaba los comentarios que me llegaba de las personas que bailaban. Mujeres que nos decían que nuestras canciones les daban aliento, acompañaban, daban fuerzas. Recuerdo que Rosita (Verdugo) nos decía que pasaba escuchando el primer disco porque para ella era como un abrazo. Entonces, pese a las actitudes, sentía que el objetivo estaba cumplido. A lo mejor resultábamos un tanto raras porque no ingresamos a la “escena cuequera” cantando canciones de la tradición o de Los Chileneros. Llegamos al tiro cantando composiciones propias. Es que los hombres están acostumbrados a que las mujeres les cantemos a ellos –o sea, al amor- y a la naturaleza.  Más de alguno me dijo “pero si ustedes son del campo, ¿porqué no le cantan al campo?” Puta, ¡porque no me identifica esa hueá! Además, seré de Melipilla, pero esto no es campo, campo. No tengo nada que cantarle. Estos temas, vivencias, historias, sí me identifican. De esto quiero cantar.


El primer disco, por lo mismo, fue mucho más impulsivo; con la desobediencia por delante y la cueca La Pecadora es como un “Pato Yañez” a la obediencia que la sociedad o el machismo exige a las mujeres. Para alguno puede sonar llorón, pero si yo fuera un “Pecador”, sería transgresor. Para el segundo disco, hubo tiempo para reflexionar y ahí hay una recopilación de diferentes situaciones femeninas. Mujeres luchadoras, abandonadas, enamoradas, guerrilleras, indígena, etc.  Creo que logramos plasmar mejor nuestro discurso en Cuecas de la Matria."

La Pecadora
(Décima:)
Yo soy la voz del pecado
Y vestida vengo de fiesta
Mi alma siempre está hambrienta
Por eso me han condenado
Por siglos, siglos y años

No tengo color ni raza
Me adoran todas las masas
En ellas vivo escondida
Nunca seré reprimida
Por culpa de una manzana.

(Cueca)
Soy la mujer pecadora
Siempre la discriminada
La felicidad buscaba
Todos me crucificaban

Déjenme que les diga
Que no me importa
Dese la vuela ahí mismo
Si no soporta

Si no soporta, ay sí
No estaré quieta
Morderé la manzana
Siempre que quiera

Culebra tentadora
Soy Pecadora


jueves, 5 de febrero de 2015

Horacio Hernández y La Capichi: Una cueca sobre una mafiosa que nadie conoció

Horacio Hernández, músico, cantor y compositor.
Foto: Pato Ventura
Cuando me junté con los muchachos de La Gallera, yo venía de un grupo con repertorio propio – Los Trukeros-. Pasé a formar parte de este otro lote de manera natural porque me empecé a juntar con ellos en la Estación (Central). La cueca de La Capichi aparece en un momento en que, con los chiquillos, estábamos tocando harto y en que estábamos generando ese repertorio propio para nuestro primer disco. No era una cosa apurada, pero sí con cierta urgencia para que el disco tuviera identidad.

Tocábamos harto en diferentes locales y uno de ellos era el Costa Azul de “Qué Locura” (Quilicura). Un día, El Nano (dueño del Costa Azul) nos cuenta que estaba conversando con una gente de ahí, de la noche de Quilicura: choros, ladrones, pendencieros, personas que frecuentaban su local. Uno de ellos, un choro del sector, le comenta “le han hecho cuecas a puros locos que han sido choros. Lo que es yo, yo tengo una hija y me gustaría que le hicieran una cueca porque podría llevarla algún día, sin temor por ser mujer.” Después que nos cuenta la historia, asumimos la misión de hacer esa cueca. No estamos hablando de un choro de antaño, ni de uno tan conocido -como en la fila no se habla- sino de la choreza de Quilicura.

Bueno, y como soy súper apasionado, me puse altiro a tirar un octosílabo. Recuerdo que estaba con Giancarlo (Valdebenito) y Felipe Bórquez. Sólo tiramos versos. No hicimos música ese día. De ahí, yo le iba mostrando al Nano la copla, por ejemplo, y él nos iba corrigiendo el lenguaje. Nos decía “este hombre habla así, que Capichi, manyaba o no manyaba la estofa, parlaba o no parlaba, ¿me entiende?” Él nos iba aportando con eso. Por mi ingenuidad e incluso ignorancia, pensé que ese aporte era suficiente para incluirlo como autor. Con Giancarlo y con Bórquez llegamos a un resultado en cuanto a la poesía. Lo que sí, el Nano le colocó La Capichi a ese personaje porque el hombre que “encargó” la cueca, usaba mucho esa muletilla, ¿capichi? Le dimos hartas vueltas y nos preguntábamos cómo le ponemos a esta mujer y él nos ayudó resolver. La Capichi, como nombre pegaba con esto de manyaba, parlaba…ahí se enderezó la cosa.

El proceso continuó con los demás muchachos de La Gallera durante los ensayos en la Casa Huemul. Musicalmente, recuerdo, que estábamos ensayando en la casa de (Francisco) Bermejo un día, en Constitución 211, no sé por qué motivo, y yo andaba con la melodía en la cabeza.  Ahí fue que la empezamos a tocar. Siempre hay detalles que la van transformando; nunca parte como finalmente la escucha la gente en el disco(*). Es media aperuanada. En esa época, tengo que haber estado escuchando mucha marinera, porque la melodía tiene esa influencia. La muletilla también. Hay muchas cosas peruanas que dicen “por la alameda” y aquí servía. Con los compañeros, se hicieron calzar los versos lo que finalmente terminó por construir la cueca. De hecho, en la composición musical también salimos todos (en el disco). ¿Por qué? Pa’ no pelear. Ahora sé dónde están los límites entre aportes y composición real. Para la grabación de ese disco, se hicieron muchas cosas bien intencionadas pero equivocadamente. Ahora, por ejemplo, me gustaría incluir La Capichi en otro proyecto y se evita por que se pueden generar problemas por la autoría. Lo mismo pasaba antes con los viejos. Algunos se adjudicaron cuecas que, incluso, eran de la tradición. Ahora comprendo mucho mejor cuando se es autor o compositor, o autor y compositor.

Una vez que salió el disco, supimos por el Nano que cuando escuchó la cueca, el caballero lloró. No sé si la hija la escuchó, pero él sí. Parece que le regalaron el CD e, incluso, tiene que habernos ido a ver varias veces al Costa Azul. Me gusta esa cueca a mí. Tiene pujanza, como dice el Nano.

No mucha gente me ha preguntado quién es o era La Capichi. Es que en la letra la cambiamos de época. El relato da a entender que era un personaje de otro tiempo; aunque no lo dice explícitamente; queda esa sensación. Es más, se habla de yo conocí, y el final afirma que murió. Se habla de ella en pasado, dejando esa idea de que efectivamente existió alguna vez. Además, la canción la describe como un personaje glorioso, porque la cueca fue “pedida” así. Entonces, se presenta como una especie de leyenda. No cayó presa, pero se codeaba con los capos, ¿cachai?. Se pinta como la crême de la crême del hampa y eso, inmediatamente, te traslada al pasado porque hoy, eso no existe, si no, nos tendríamos que referir a los políticos o al empresariado. ¡Si es muy bueno el guión! Y ese guión es de choro.

Creo que las mejores cuecas –tanto las de antes y las de hoy- siempre se generan en un clima así: un grupo que toca mucho y que tiene la posibilidad de andar tirando las ideas de cada uno en el ensayo; al tiro a la pelea porque ahí vai viendo los resultados. Yo creo que la tengo que haber presentado a los cabros con otro arreglo(*). Pero al tocarla en vivo, se te pasa un compás y ya no la canté “Yo conó, yo conocí a La Capichi” sino como se conoce hoy. Ese resultado genera otra sensación, sobre todo, cuando ves a todos bailando, en el calor de la fiesta, optas finalmente por guardar y grabar esa versión. Cuando son buenas las cuecas, son de ahí, de las fiestas. La fiesta la reconoce. ¡De hecho! De la fiesta salió el mítico personaje de La Capichi.


La Capichi

Yo conocí a La Capichi
Parlaba lunfardo y coa (por la alameda)
Se codeaba con los capos
Encandilaba sus joyas (por la alameda)

Manyada en el ambiente
(Ayavá) Bella habilosa
Fue su beso un cuchillo
Fina mafiosa (por la alameda)

Fina mafios, sí
(Ayavá) Y en los caminos
Fue la más fiera rosa
De un choro fino (por la alameda)

Nunca fue tras las rejas
(Ayavá) Murió de vieja


(*) En la entrevista, Karen Donoso menciona que en el 2009, para la premiación Samuel Claro, donde se reconoce a Raquel Barros y a Osvaldo Gajardo con el galardón, el conjunto La Gallera canto La Capichi con un arreglo distinto a cómo aparece en la grabación del disco. En el minuto 4:20 del siguiente video, se podrá apreciar esta versión:


martes, 30 de diciembre de 2014

Qué es chileniar....según yo

Mi nombre es Cristina y me gusta la cueca. Así de simple. Cuando escucho, canto y bailo cueca, me inunda un maravilloso sentimiento: me hallo...tal cual y así de simple. La cueca me hace sentido y me da sentido. Me ha permitido comprender el ser chileno, pero no desde lo racional; ese que solo se siente, no se describe. Con cada tun-tún de las palmas o del cajón al comenzar la música, cuando se escucha la voz del cantor que la saca, cuando el cuerpo ejecuta una cachaña antes de la vuelta inicial, cuando la voz del segundo arremanga, cuando floreo el pañuelo, cuando mi pareja se acerca y se va, cuando oigo el "ay sí" de la última seguidilla y cuando azoto los tacos sobre el suelo al zapatear recobro lo que para mí es sentirse chilena.

Estoy convencida de que la cueca es un sistema de verbos: cuequiar es escuchar, cantar, escribir, bailar, reír, memorar, llorar, enamorar, improvisar... en fin, la cueca se vive. Sin embargo, cada uno de nosotros lo hace de forma distinta, ya sea, a través de su poesía, canto, música y/o danza. Pero la forma de uno o de otro no merece más o menos respeto. Todos chileniamos a nuestra manera y todos aportamos -con sencillez o con alboroto- a su conservación en el tiempo. Por esto,  mi pretensión es contribuir recopilando y transmitiendo los testimonios de diferentes personajes acerca de cómo viven la cueca. Sus relatos serán registrados para que todas y todos puedan conocerlos y para que sean recordados.